Familia Pastoral

Cuando El Deber Nos Llama

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Mientras escuchaba a mi esposo mencionar un pasaje del libro Notas Biográficas de Elena G. de White sentí curiosidad por leer algo más de lo que él había mencionado en su mensaje. Encontré en mi lectura un incidente con el cual me identifiqué de inmediato y el que deseo compartir con ustedes las que son esposa de pastor, porque estoy segura que varias de nosotras hemos experimentado algo muy parecido.

Siempre recuerdo los días aquellos cuando nos disponíamos a salir para nuestro trabajo y veíamos a una vecina con su escoba barriendo las hojas en el frente de su casa. Con nostalgia me decía a mí misma: “¡Cuándo será el día en que podré hacer lo mismo que esa señora sin tener que estar viajando de un lugar para otro!”. Sentía lo que yo llamaba “envidia santa” por mi vecina. De tanto en tanto venían a mi mente pensamientos de desánimo y preocupación al no disponer del tiempo suficiente para atender mis deberes de ama de casa porque el trabajo que se me asignó requería mucha atención y dedicación.

Pero ahora volvamos a lo que llamó mi atención de la lectura. Es una anécdota que encontré en el libro que les mencioné anteriormente. Lleva como título “Sobreponiéndonos al desaliento”, se encuentra en las páginas 144, 145 y dice así:

“La primera noche después de llegar al lugar de la reunión, el desaliento sobrecogió mi ánimo. Traté de vencerlo, pero me parecía imposible dominar mis pensamientos. Me apesadumbraba el recuerdo de mis pequeñuelos. Habíamos tenido que dejar en el Estado de Maine a uno de dos años y ocho meses, y a otro, en el Estado de Nueva York, de nueve meses de edad. Acabábamos de efectuar con gran fatiga un viaje molesto, y yo pensaba en las madres que en sus tranquilos hogares disfrutaban de la compañía de sus hijos. Recordaba nuestra vida pasada y me acudían a la mente las frases de una hermana que algunos días antes me había dicho que debía ser muy agradable viajar por el país sin ninguna preocupación. Esa era la clase de vida que a ella le gustaría llevar”.

Permítanme hacer un alto aquí para comentar lo que acabo de compartirles. Siento que soy una esposa de pastor muy afortunada, porque cuando nuestros hijos eran pequeños no fue necesario que me tuviera que alejar de ellos por mucho tiempo, sin embargo, recuerdo el llanto incansable de mi hijo Enrique cuando lo dejaba en la casa de la hermana Aida para que lo cuidara mientras yo trabajaba en la escuela de iglesia en el distrito de mi esposo. El niño no dejaba de llorar hasta que yo regresaba en la tarde para recogerlo y luego sollozando se dormía sobre mi pecho. Aquello me taladraba el corazón hasta que finalmente decidí que estar con mis dos hijos pequeños debía ser mi prioridad de manera que terminé mis responsabilidades ese año escolar y me dispuse a ayudar en todo lo que no requiriera alejarme de ellos. Sin embargo, esa no fue la situación de Elena. ¿Te imaginas lo que ella sintió teniendo que dejar un niño de dos años y ocho meses en un lugar, y el otro de apenas nueve meses en otra casa? ¡Ni siquiera pudo dejar a ambos en el mismo lugar! Amiga, estoy segura que esta situación fue muy dura para ella, y no me sorprende que se haya sentido desanimada y con muchas interrogantes en su mente. Creo que tu corazón de madre así como el mío podemos identificarnos con Elena.

Otro asunto que me llamó la atención fue el comentario de la hermana que le dijo a Elena lo agradable que sería poder viajar de un lado a otro sin preocupaciones. En mi interior siempre sentí pesar por las personas que creen que los obreros que viajan a diferentes lugares cumpliendo sus responsabilidades de trabajo se divierten mucho. Es posible que algunos de ellos lo tomen como una gran diversión,porque en realidad no deja de ser agradable viajar y conocer nuevos lugares, pero nada es más agradable y divertido que estar en el hogar. Ninguna cama de hotel se compara con la tuya, ninguna comida por deliciosa que sea se compara a los alimentos tomados en la tranquilidad del hogar. Solamente la convicción de que Dios nos llama a cumplir una tarea es lo que hace posible que todas esas variantes se puedan asimilar y en cierta medida disfrutar mientras se cumple la misión.

Pero volvamos a la parte final del incidente con la hermana White. Ella continúa relatando lo siguiente:

“En ese momento preciso, mi corazón se sentía anheloso por mis hijos, especialmente por el pequeñuelo de Nueva York, y acababa de salir de mi dormitorio, donde había estado batallando con mis sentimientos, y, anegada en lágrimas, había buscado al Señor en demanda de fuerzas para acallar toda queja, de modo que alegremente pudiese negarme a mí misma por causa de Jesús.

En este estado de ánimo me quedé dormida, y soñé que un ángel alto se ponía a mi lado y me preguntaba por qué estaba triste. Le referí los pensamientos que me habían conturbado, y dije: “¡Puedo hacer tan poco bien! ¿Por qué no podemos estar con nuestros pequeñuelos y disfrutar de su compañía?” El ángel respondió: “Has dado al Señor dos hermosas flores cuya fragancia le es tan grata como suave incienso, y más valiosa a sus ojos que el oro y la plata, porque es ofrenda de corazón. Este sacrificio conmueve todas las fibras del corazón como ningún otro.  No debes mirar las presentes apariencias, sino atender únicamente tu deber, para la sola gloria de Dios, y según sus manifiestas providencias. De este modo el sendero se iluminará ante tus pasos. Toda abnegación, todo sacrificio se anota fielmente y tendrá su recompensa”.

Luego de leer esta hermosa experiencia comprendí que aunque los sacrificios a los que estamos llamados a hacer como familia pastoral pudieran parecer muy grandes, todos ellos son fielmente anotados en el cielo y producirán la recompensa que recibiremos del Señor Jesús. Para Elena la tarea no fue fácil. Su corazón de madre y esposa se vió apesadumbrado en muchas ocasiones pero su alto sentido de responsabilidad con Dios la llevó a enfrentar todos los desafíos que el ministerio demandaba. Si te encuentras todavía en las filas del ministerio activo te animo para que junto a tu esposo respondan al llamado de servicio sin ponerle trabas a Dios y mucho menos excusas recordando que Él siempre es fiel a sus promesas.

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