Alimento para el Alma

El Diamante

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Un padre acababa de distribuir entre sus hijos las riquezas, fruto de muchos años de trabajo y les dijo:

– Me reservo un diamante que destino para aquel de entre vosotros que más se distinga por una acción generosa.

Para obtener este tesoro, los hijos partieron en diferentes direcciones, más a vuelta de tres meses regresaron a la casa paterna.

Uno de los hermanos, dirigiéndose a su padre, dijo:

– Durante mi viaje, un extranjero me confió un depósito sin exigir garantías de mi parte, cuando me lo reclamó se lo devolví fielmente. ¿No es ésta una acción digna de elogio?

–  Tú has hecho lo que debías hacer, hijo mío – respondió el anciano. Aquel que hace lo contario es un bribón, porque la honradez es un deber. Tu acción es buena, pero no es generosa.

El segundo dijo:

– A mi regreso pasaba por delante de un estanque, cuando vi que una niña cayó dentro de él. Corrí en su ayuda, la saqué del agua y le salvé la vida.

– Tú has hecho, hijo mío, lo que todos los hombres estamos obligados a hacer por nuestros semejantes.

El más joven dijo a su vez:

– Un día encontré a mi enemigo profundamente dormido al borde de un precipicio; su vida estaba en mis manos. Lo desperté dulcemente y le salvé del peligro.

– ¡Oh, hijo mío! – exclamó el padre mirándolo con ternura. El diamante es tuyo, porque has cumplido el más difícil de los mandamientos; el perdonar a tu enemigo.